Sin fe y sin esperanza

La justicia, como la verdad y la utopía, no existe.

¿O ustedes creen ya no digamos en las moscas azules de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, sino en el poder real de los más prestigiados tribunales internacionales para hacer cumplir tratados vinculantes? ¿Acaso no es claro que los aparatos de espionaje e intromisión de los Estados socavan cada día más y mejor las redes sociales como fuentes de información y conocimiento alterno a lo emitido y diseminado por las corporaciones de desinformación y manipulación?

La utopía, por definición, es el lugar sin lugar, el tiempo y espacio que no existen. Pues bien, pese a su inexistencia, la justicia, la verdad y la utopía son instrumentos indispensables para la existencia humana y para la vida de la naturaleza en general. ¿Qué hacer, entonces?

Hay dos clases de respuesta. Dos respuestas de clase. La proveniente de los dominadores, de quienes en cualquier terreno, social, económico, político, cultural, ejercen su hegemonía, y que en los hechos se enuncia así: ¿Que no existe la justicia?, inventemos la democracia asimilándola, siempre, a sistemas económicos de explotación y desigualdad. ¿Que no existe la democracia porque aun en ese ámbito persistirá el sojuzgamiento?, construyamos los consensos, impongamos cánones, es decir, fantaseemos consensuar lo más conveniente para la rapiña, legalicemos lo que antes fue ilegal, canonicemos al pecador aunque no el pecado, a Juan Pablo II pero no la pederastia, los best sellers pero no el plagio, a Televisa y a la Marina pero no el simulacro. Condenemos a los dignos de condena, pero siempre dejando a salvo lo condenable, que la complicidad por algo empieza y siempre es redituable. Canonicemos y condenemos a derecha e izquierda, a todo lo que se nos dé la gana, que para eso tenemos el poder.

¿El poder de qué?, pregunta uno. Y ellos, a su modo, se infatúan de ostentar el poder de enrevesar la justicia o degradarla hasta lo ultramontano para perpetuar la impunidad. El poder de levantar muros de silencio ante las versiones más cercanas a la verdad, el saber elaborar mentiras y difundirlas y mantener a la masa inerte y dadora de rating con un remedo telenovelesco de la gran tragedia cotidiana, este sismo constante en que nos mantienen las sagradas instituciones modernas que “hemos logrado construir”.

¿Que no existe la utopía? Escenifiquemos farsas, una tras otra, una tras otra, capítulos a renglón seguido con encabezados de facturas distintas, aparentemente distintas, inundaciones, huracanes, terremotos, eclipses, revelaciones cuasi divinas de que el gobierno federal viene realizando una estafa maestra, intuiciones acertadas de espionaje, conspiraciones, violaciones, desapariciones, magia.

La inexistencia de la utopía abre un espacio inmejorable para llamarle triunfo al fracaso de lo justo, victoria a la derrota de la conciencia, normalidad a la represión del deseo, naturaleza a la depredación. Mintamos de nuevo y con más fuerza, instauremos la ficción fugitiva de las páginas, la fe en el espacio exterior y la esperanza que quema las palabras.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *