Reivindicación de Gustavo Sainz

A los 74 años, el 26 de junio de 2015, muere Gustavo Sainz en Estados Unidos, país donde radicaba desde antes de ocurrir el escándalo en El Semanario de Bellas Artes. Abraham Orozco, que sustituyó a Sainz como director del suplemento, en su ignorancia periodística publicó un libelo contra la primera dama en el sexenio de José López Portillo. El siguiente texto aclara, de una vez por todas, lo sucedido con los protagonistas, y de paso reivindica al narrador que, con sus libros, modificó sustancialmente la narrativa mexicana a partir de la década de 1960.

para Alessandra, Claudio y Marcio

En mis tiempos de estudiante de periodismo y comunicación colectiva en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM tuve maestros extraordinarios: Manuel Buendía, Julio Scherer García, Alberto Dallal, Froylán M. López Narváez, Miguel Ángel Granados Chapa, René Avilés Fabila y una pléyade de sudamericanos exiliados en México. Con quien más acercamiento tuve fue con Gustavo Sainz, y con el paso del tiempo llegué a ser profesor adjunto.

Gustavo enseñaba varias materias, pero me entusiasmó “Literatura y sociedad”, porque nos hacía leer con voracidad novelas europeas, norteamericanas, latinoamericanas y mexicanas, con orden y disciplina. Para mí fue un deslumbramiento, pues hasta entonces leía en forma caótica, sobre todo historietas y libros obligados de distintas materias. Fue, con Avilés Fabila, mi director de tesis de licenciatura, y me abrió las puertas de su extraordinaria biblioteca (40 000 volúmenes) en dos departamentos hechos uno solo en la calle de Río Nazas. Lo inaudito es que me prestaba libros especializados, algo que jamás había hecho con nadie.

Juan José Bremer, director general del INBA, invitó a Sainz a hacerse cargo de la Dirección de Literatura, y este llevó consigo a tres o cuatro de sus alumnos; yo lo acompañé para apoyarlo en sus funciones de asesor literario de la Editorial Grijalbo, le hacía dictámenes de lectura que me pagaba de su bolsillo. Sus oficinas estaban en un edificio tenebroso de las calles de Dolores, y me incorporé formalmente a su equipo una vez que se mudó al tercer piso de la Torre Latinoamericana. Por obra y gracia de Gustavo se hizo la Librería del Palacio de Bellas Artes, y se fomentaron las presentaciones de libros y las conferencias; estas se hicieron masivas a raíz de la presencia de autores de la talla de Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante, Mario Benedetti, José Donoso, y de mexicanos como Carlos Fuentes y Luis Spota, pero sobre todo por los cocteles espectaculares donde se ofrecía whisky, ron, vodka y vinos de buenas marcas, además de canapés de calidad indiscutible: eran los tiempos en que el presidente José López Portillo se ufanaba de la bonanza nacional que debíamos aprender a administrar. Las presentaciones constantes de libros no fueron poca cosa, porque antes se hacían solo para los amigos en casas particulares o en bares (asistí a la de La princesa del Palacio de Hierro, del propio Gustavo, que se efectuó en una galería de la Zona Rosa); de ahí en adelante, las instituciones educativas y culturales se sumaron a esa práctica: la UNAM abrió las puertas, para tal efecto, de su librería ubicada en Insurgentes centro. Pero sin duda el proyecto mayor que encabezó GS fue La Semana de Bellas Artes, un periódico cultural que se insertaba cada miércoles en cuatro o cinco periódicos de circulación nacional, con un tiraje escandaloso de 300 000 ejemplares. En el semanario se daban cita las mayores expresiones del arte nacional y extranjero, con alguna frecuencia se hacían números monográficos sobre, digamos, poesía polaca, o brasileña, o en torno a una materia determinada, como cuentos de Navidad y Año Nuevo. El equipo estaba formado por jóvenes recién salidos del cascarón universitario; por ejemplo, entre los ilustradores estaban los hermanos Castro Leñero. Ahí publicaron sus primeros textos escritores que ahora son figuras del mayor nivel.

La Semana de Bellas Artes se volvió una lectura socorrida, porque además de la calidad de sus materiales tenía la frescura de incluir desnudos femeninos y “malas palabras” cuando eran indispensables. Una vez se dio a conocer un cuento, “Únete pueblo”, de Emilio Carballido, que abordaba el asunto del movimiento estudiantil del 68, en el cual el gobierno no salía muy bien parado. La respuesta indignada de periodistas de distintos medios fue inmediata: ¿cómo es posible que en un medio oficial se publiquen estos ataques? Respecto de las palabras altisonantes, se recibieron cartas de protesta de la Presidencia, de Gobernación, etc.; en cuanto a los desnudos, Bremer se vio obligado a revisar todo el material gráfico antes de que fuera publicado. Por otro lado, hubo aciertos editoriales por lo menos curiosos: se publicó la novela Obliteración, de Rodolfo Usigli, prácticamente inédita hasta entonces, exactamente el día en que el autor murió. Luego, un cuento y retrato en portada del (casi) desconocido Luis Zapata, quien dos días más tarde fue anunciado como ganador del primer Premio de Novela Juan Grijalbo con El vampiro de la colonia Roma, un hito en nuestra literatura.

Es de un episodio grave y de consecuencias nefastas para La Semana… de lo que quiero hablar.

Gustavo recibió invitación de la Universidad de Nuevo México, en Albuquerque, para incorporarse a su plantilla docente, y Bremer estuvo de acuerdo, de manera que cuando aquél se marchó, nombró director al oscuro “licenciado” Abraham Orozco, que no sabía ni de periodismo ni de literatura ni de nada. Su ignorancia era mayúscula, y nos burlábamos de él tratándole asuntos técnicos que, por supuesto, desconocía. “Ustedes resuélvanlo como mejor convenga”, solía ser su huida.

Cierta vez armamos un número dedicado a Fernando del Paso, quien vivía en Londres. Contendría una larga entrevista que le hice a propósito de su novela Palinuro de México, publicada en España por Alfaguara y que en México solo Sainz y yo parecíamos haber leído. Además, el maravilloso texto “Camarón, Camarón”, que habría de formar parte de la novela entonces en proceso Noticias del Imperio, que Fernando nos adelantó amablemente. El número estaba formado cuando llegó Orozco, el director, y ordenó que sacáramos “Camarón…” porque debían aparecer fotos de la Revolución sandinista en Nicaragua, tan de moda, pero ya muy manoseada por los medios. De nada valieron mis protestas, y en consecuencia renuncié a la redacción del semanario y pedí mi cambio a otra área de la Dirección de Literatura. Poco después renunció la otra parte del equipo, y el tal Orozco debió formar uno nuevo con gente asimismo joven.

Algún día, el tipo se dio cuenta de que en la diagramación había un hueco que debía llenarse a como diera lugar y fue a los archivos a buscar con qué hacerlo. Rescató un texto que le pareció ideal, lo mandó parar y lo publicó sin saber de las consecuencias que eso acarrearía.

La Semana… llegaba a las oficinas los martes, porque de ahí se reenviaba a las embajadas y a otros lugares, y cuando los anteriores redactores vimos “La feria de San Marcos”, exclamamos en coro: “Va a arder Troya. Y París. Y Pachuca”. Ardieron.

El tal texto no era ni cuento ni crónica ni nada, sino un panfleto horrorosamente escrito por una dama de cuyo nombre no necesito acordarme y que trabajaba en alguna parte del inba. Nosotros habíamos tenido en las manos ese adefesio y lo desechamos de inmediato. Quienes estudiamos periodismo supimos que en México la libertad de expresión era irrestricta, aunque había tres figuras que no podían ser ofendidas bajo ninguna circunstancia: el presidente de la República, el Ejército y la Virgen de Guadalupe (hoy, cualquier pelagatos puede denostar al presidente y aun a las fuerzas armadas; sigue incólume el respeto a la Virgen).

Y “La feria de San Marcos” era una blasfemia contra la esposa del presidente López Portillo, se le acusaba de las peores cosas, se le ofendía, se le denigraba. Pero eso no lo pudo ver el ignorante Abraham Orozco, y “rescató” el material que le hacía falta, no del “colchón”, como debía ser, porque ahí se guardaban textos atemporales que podían ser utilizados en algún momento, sino que el director del semanario fue a “la basura”, adonde habíamos confinado el texto de marras.

La reacción del gobierno federal fue inmediata. El mismo miércoles en que fue publicada La Semana de Bellas Artes llegó a las oficinas de la Dirección de Literatura, todavía acéfala, un grupo de militares que apresó a Orozco y a sus colaboradores. Los llevaron al Campo Marte, y aunque los jóvenes salieron libres de inmediato, aquél recibió un castigo severo. López Portillo despidió de la dirección del INBA al brillante Juan José Bremer, que estaba en Europa, y cuya única, grave culpa, fue haber nombrado al inútil multicitado pobre diablo.

En los medios se hizo un escándalo mayúsculo. Columnistas prestigiados, y otros solo acomodaticios, dijeron, furiosos, que se trataba de un complot encabezado por Gustavo Sainz para vengarse de que Bremer lo hubiera despedido de Literatura. Pobres, ignoraban que el novelista y el funcionario habían llegado a un acuerdo civilizado de orden académico. Sainz tenía rato enseñando en New Mexico University, y no pudo haber colado el libelo porque el que fuera su equipo ya no trabajaba en La Semana… Mas los ríos de tinta siguieron corriendo acusando al escritor. Se trató, clara y abiertamente, de una infamia. Hasta la fecha, a raíz de la muerte de Sainz, algunos insisten en que él fue el culpable del suceso, y que si no volvía a México era porque pendía sobre él la sombra siniestra del miedo a la venganza. Falso: Gustavo venía al país con alguna frecuencia para presentar sus novedades editoriales, a ferias del libro, a encuentros literarios, y siempre fue muy bien recibido por los medios de información, impresos y electrónicos. ¿Cuál miedo a la represalia?

Es lo último, la permanencia del infundio, lo que me lleva a esta tímida reivindicación de Gustavo Sainz: no es posible que, aun muerto, se le sigan cargando muertitos ajenos. Lo digo y lo sostengo porque estuve ahí, en medio del remolino, y por eso tengo los pelos de la burra en la mano.

Sainz y yo estuvimos siempre en contacto: nos escribíamos, y cuando venía a México, nos reuníamos para comer e intercambiar información. Una vez lo acompañé a una charla que dio en la Feria del Libro que se hace en el Zócalo de la capital; otra, cuando la UAM le organizó un homenaje en la Casa de la Primera Imprenta; lo veía cada año en la FIL de Guadalajara. Incluso lo visité en Bloomington, Indiana, donde por fin se estableció luego de estar en otras universidades gringas.

De repente dejó de contestar mis correos, y eso me preocupó: ¿qué le dije que lo irritó a tal grado? Después supe que a otros amigos suyos (Enrique Aguilar, Josefina Estrada…) tampoco les respondía. Su silencio se debió a que el Alzheimer cayó sobre él de manera fulminante: era atendido por sus hijos Claudio y Marcio, que vivían en la misma ciudad, y por su exesposa Alessandra Luiselli, quien dejó Nueva York y se trasladó a Bloomington para cuidarlo. Gustavo murió y, al enterarnos sus discípulos y exempleados y amigos, nos consternamos. Yo lloré: me sentí huérfano.

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