Poemas

I
Yo, que fui ciego antes de perder la vista
Yo, que conocí a mi mujer desde su vientre
Yo, que traje la enfermedad y la desdicha
Yo, les he revelado un secreto de familia.

II
En una ocasión un director alemán que quiso poner en escena Edipo rey estableció la condición de que los personajes de Yocasta y Edipo fueran, en efecto, madre e hijo. Resultó difícil reclutar candidatos del medio artístico y solo atendieron a la invitación una vieja bailarina de burlesque y su hijo, medio retrasado mental. Con las limitaciones existentes, el proyecto se llevó a cabo, pero algo inesperado sucedió en el estreno: comenzando la escenificación, una voz ultramundana, atribuida a la esfinge, denunció que los protagonistas no eran parientes.

III
No cabe duda de que, en vísperas del debut, me persiguen pequeñas tragedias: ayer, mala digestión por exceso de proteína; hoy, un camión salpicó de lodo y mierda mi ropa nueva cuando me dirigía a la ronda de entrevistas. Estamos a punto del estreno del nuevo Edipo rey, tengo alrededor de mil respuestas para satisfacer a la esfinge, me he preparado como un animal salvaje para la hora del cuerpo a cuerpo con mi padre (a quien interpreta un actor bastante gordo), también tengo reservada una sorpresa en la cama para la que se supone que es mi madre, pero no voy a hablar aquí sobre ello. Como siempre que ensayo, el día no me ha rendido: termino húmedo y lloroso cada vez que leo una escena, y me cuesta trabajo pronunciar el más breve parlamento sin tartamudear o sollozar. Insatisfecho con mi dicción, insatisfecho con mi papel, cierto, lo que más me gusta es ese tránsito prodigioso del estupor al aplauso que el público experimenta ante mi tragedia, pero me pregunto: ¿cómo podré ver las reseñas de la obra y mis fotos después de arrancarme los ojos?

IV
Arranca el filme: en la penumbra de la alcoba nupcial,
dos figuras, quitándose la ropa, se aproximan excitadas.
En el cine maloliente de películas tres X, sus hijos y los
hijos de sus hijos observan aterrados la escena.
Pero, en realidad, los protagonistas de la película no están
excitados, son solo un par de olvidadizos, amenazados por la
muerte y la ceguera.
Y, de repente, un maestro de ceremonias grita: “Atención,
respetable público, levántense de sus butacas y aplaudan,
estamos a punto de presenciar un conmovedor e histórico
acoplamiento entre consanguíneos”.

V
¿Que qué me daba ella?
Esa sensación
de estar naciendo siempre.
Y no, no me gustaría
haber sido prevenido.

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