Espacio intersticial

“Narrativas” exhibirá las diversas, nutritivas y variadas escrituras que se están construyendo hoy en día en el mundo literario. En esta primera entrega, Transgresiones presenta tres relatos: de un narrador consagrado como Juan Villoro (Ciudad de México, 1956), quien escribiera este cuento sonoro especialmente para el número de nuestro renacimiento, y que, debido a su destreza literaria, elaboró durante una larga noche para enviárnoslo con puntualidad a petición expresa de la Dirección, y cuyo resultado es, como se puede apreciar, gratamente misterioso y perceptivamente musical; y de dos mujeres: Claudia Patricia Reynaga Machado (Ciudad de México, 1972) y Jimena H. Blengio (Ciudad de México, 1988), que incursionan en el género con inusual fortuna inicial.

Antes.

¿Cuál era mi espacio? Tuve que pedir prestada esa memoria, aunque, desde otra perspectiva, solo me la devolvieron.

Detrás de la cabecera de la cama de mi abuela materna. Una de esas cabeceras de antaño, de madera ancha y pesada, situada exactamente al frente de la puerta de la habitación. Me dicen que parecía una ardilla, un conejo mirando desde su madriguera, observando fijamente y en silencio, y solo si lo que veía me gustaba, dejaba el escondrijo e interactuaba.

Años después, cuando aprendí las bondades de la lectura, también descubrí que los libros podían ser una excelente barrera física para mirar sin que te notaran. Podías mirar lo que te rodeaba sin que te pusieran demasiada atención. Y si lo ameritaba, fingir, o en verdad meterte en el texto si lo decidías, como si de un salto te sumergieras en una alberca.

Así podía ir a cualquier sitio, llevando mi propio alféizar que instalaba y quitaba a mis anchas.

Ahora.

La ventana a las dos de la mañana. El silencio roto por algún esporádico automóvil que pasa a gran velocidad. El paisaje urbano que alcanzo a divisar después de las horas de vigilia. No hay persona alguna. Las aceras están desiertas, así que somos los árboles, los semáforos en amarillo preventivo machacón, el aire, las luminarias, un gato que patrulla su territorio y al que veo regularmente, y yo en la ventana.

Al día siguiente la calle estará congestionada por escolares y padres que llegan a la escuela de enfrente; por los autos y el transporte público del eje vial.

Un avión cruza el cielo, el estruendo pasajero resalta el silencio remanente.

Apenas comienza a describir el amplio viraje para dejar el cielo citadino. Trato de divisar sus luces guía hasta que la noche se lo traga, y mentalmente le deseo buen viaje.

Miro el árbol de la esquina. Ya tiene retoños, así que será más frondoso en la primavera que viene.

Las luces rojas y azules rompen estridentes el ambiente, reflejándose en las paredes, rebotando en los cristales. Luces no aptas para epilépticos y migrañosos. La torreta de la patrulla nocturna en su rondín.

Tiempo de abandonar el mirador. Doy un paso atrás y me hundo tras las cortinas. Hora de cerrar la mirilla.

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