Documental imaginario de un crimen

Z, de Vasilis Vasilikós, es la novela que Costa-Gavras estrenó en 1969 con música de ibro, que condujera a su autor al pasillo del prestigio literario, fue traducido el griego por Guadalupe Flores Liera, colaboradora de estas Transgresiones, quien además escribió l prólogo y las notas de la edición que publicó en 2015, con 468 páginas, la Universidad Autónoma e Nuevo León.

Fragmentos del prólogo

El 22 de mayo de 1963, en la ciudad de Tesalónica, capital del norte de Grecia, Grigoris Lambrakis, médico, activista por la paz y diputado de izquierda, resultó herido mortalmente al ser arrollado por un motocarro. Declarado clínicamente muerto, expiró el 27 de mayo a consecuencia de las heridas producidas por un golpe propinado en la cabeza con un objeto contundente. Las autoridades pretendieron cerrar el caso declarándolo “un lamentable accidente de tránsito”.

En 1963, con la atmósfera enrarecida, Vasilikós quiso trasladar estos hechos al papel, novelarlos, es decir, mitificarlos, que es lo que a su juicio hace un escritor. No se trata de una transustanciación, sino de un libro-documento escrito mientras los hechos estaban en pleno desarrollo. Por otro lado, el llamado asimismo docu-roman era un género que Vasilikós había venido cultivando con especial coherencia. Z no es un documento a secas, sino la “amplificación” (blow-up) de un acontecimiento fugaz donde descansa una verdad que el aliento creativo revive, evitando que se convierta en objeto inanimado y se pierda. Esta novela, para el autor, se ubica en los límites de la literatura y el periodismo.

Con Z , Vasilikós descubrió a los lectores este crimen de Estado planeado en las altas esferas, con la complicidad de los mandos policiacos y castrenses, que actuaron como actores materiales en un país que no conseguía dejar atrás el clima de posguerra y de polarización social e ideológica. Al lado actuaban los servicios de inteligencia locales y extranjeros, además de las organizaciones paragubernamentales en su papel de reventadoras destinadas a robar el protagonismo a las causas que originan las protestas sociales y a servir de sicarios para eliminar a quienes molestan a los poderosos. Todos estos individuos se vieron ampliamente recompensados con la llegada de la junta.

Las investigaciones posteriores al asesinato de Grigoris Lambrakis pusieron en evidencia que se trató de un crimen orquestado desde las altas esferas. Si bien los ejecutores fueron paragubernamentales de extrema derecha, estuvieron organizados por altos mandos del ejército, la policía y la gendarmería. Igualmente, existió la versión de que la orden salió directamente de Palacio.

Grigoris Lambrakis fue víctima de la violencia de Estado. El crimen puso al descubierto las fuerzas oscuras que laboraban en la clandestinidad y el clima de represión al que vivía sometido el ciudadano promedio durante esa época, bajo un gobierno producto del fraude electoral que buscaba legitimarse ejerciendo una política de mano dura, mientras observaba con animadversión las luchas de la izquierda por abrir el espacio a otras ideas.

En 1966, basado en estos hechos y en documentos confidenciales a los que pudo tener acceso, el destacado escritor griego Vasilis Vasilikós escribió Z. Do13 cumental imaginario de un crimen, conmovido por el artero asesinato que había convertido a Lambrakis en símbolo de la libertad y la justicia, pero convencido también de que esta página de la guerra sucia que la historia oficial pretendía borrar no debía ser olvidada.

Fragmento de Z

7

—Y esto es solo el aperitivo —dijo el “von” Liderosaurio al General, a manera de contraseña, aludiendo al golpe propinado a Z—. Luego viene el asado.

El General asentía silencioso y, fingiendo indiferencia, se alejó un par de pasos. No sentía en absoluto ningún aprecio por este gusano, el “von”, que anheló unas alas; pero le era imprescindible, era su ojo en el fango, allí donde vegetaba todo tipo de protozoos flagelados, esporozoos e infusorios. Lo conocía desde la Ocupación, desde los escuadrones de Poulos. Pero, por más que lo detestara, estaba obligado, cada vez que éste lo visitaba en su oficina, a recibirlo, a ofrecerle café, a conversar con él. Y cada primer día del año acudía a Alto Toumba a partir el pan de Año Nuevo de su organización.

Esta organización había sido la salvación del Liderosaurio: había abandonado Grecia siguiendo a los alemanes y allá, en Viena, en un seudogobierno griego, se había autonombrado ministro de Propaganda, hasta que regresó pensando que estaría a salvo, pero lo pescaron y lo pasaron por el tribunal como traidor, cooperante de los ocupantes y colaboracionista; fue condenado a cadena perpetua, solo para salir poco tiempo después, con las piernas arruinadas por la humedad de las cárceles que le recordaron la congelación de las extremidades durante la guerra de guerrillas, cuando, junto con el difunto Poulos, se despachaba a los “búlgaros” del Frente de Liberación Nacional. Solo que en esta ocasión no tenía cara como para presentarse en ninguna parte, ni para desempeñar carrera alguna, hasta que fundó esta organización de los Combatientes y Víctimas de la Resistencia Nacional del Norte de Grecia, y de la invisibilidad y el oprobio retornó a la gloria y la visibilidad, porque la Policía, como buena madre, aceptó de regreso a su hijo pródigo, ya que el objetivo de la organización era el reforzamiento de los Cuerpos de la Seguridad, en cada ocasión en que se hiciere necesario, para la preservación del orden y de la tranquilidad de nuestra ciudad y mediante todo tipo de procedimientos legítimos en la defensa de los intereses y derechos helénicos, así como el combate de todo tipo de actos contrarios a la Patria y de la conjura procediere de donde procediere y, finalmente, para la defensa de la civilización helenocristiana hasta el último suspiro.

Esto último, lo de la civilización helenocristiana, fue lo que hizo sucumbir al General y, finalmente, lo convenció de aprobarle su corporación, a pesar de que sentía gran antipatía por el traidor remedo de alemán. La opinión del General era que desde el momento en que se había constituido el Estado de Israel habían aumentado las manchas sobre la superficie del sol, porque el sol se negaba a alumbrar a los hebreos. “Transitamos, —afirmaba el General—, un intervalo sucinto, en lo hondo del cual proyéctase un imperio cósmico helenocristiano. Este preeminente transtorno de la masa solar, en conjunción con la llegada del fin de los tiempos de las naciones, débense tanto a la conjura hebrea como a la expansión del comunismo”.

Y el Liderosaurio no era tonto, la Policía es una cosa, el Estado otra. Debía atraerse también el interés de este último. De esta manera, ideó una publicación a la que llamó Expansión Helena —“Verdaderamente, de un irritante carácter filogermano”, aceptaba el General—, y mientras anunciaba que salía cada mes, lo cierto es que en dos años solo habían circulado tres números. Pero esto carecía de importancia, con esta publicación el Liderosaurio se había introducido como un roedor en los fondos secretos del Ministerio que reforzaba la lucha anticomunista y se comía lo que sobraba de los sovietólogos. Quien dijera que lo hacía ex profeso para apañarse algo, lo volvía una fiera. Debía poner en orden dos periódicos que había publicado en el pasado: uno semanal, Las Noticias del Olimpo, en 1928 en Katerini —allí donde los comunistas degollaron a su cuñado y a uno de sus sobrinos— y Bandera Agrícola, de 1935. Puede ser que no hubiera realizado carrera como periodista —la vida tiene sus exigencias—, pero siempre pasaba por ser periodista. Y esta noche, aquí, durante los sucesos, se contaba entre los demás periodistas.

Había otras corporaciones como la suya, como aquélla inverosímil Asociación de Garantes de la Seguridad Nacional del Rey Constitucional de los Helenos/Patria-Religión-Familia, cuyo líder, cierto comandante retirado de Kilkís, había sido absuelto en el tribunal por estulticia. Nada más que los peces gordos no tomaban a estos últimos en cuenta. Eran estraperlistas de cuidado, elementos subversivos sin definición, por esta razón no habían sido aprobados nunca por el Tribunal de la Primera Instancia ni por la Policía. Por el contrario, la corporación que él había fundado contaba con un orden, una organización. Los reunía para hablarles todos los jueves por la noche en Alto Toumba, en el local Las Seis Estacas, de Gonos —ya difunto—. Gonos cerraba la puerta, mandaba al ayudante a que estuviera al acecho y no dejaba entrar a nadie más. Allí el Liderosaurio instruía a sus discípulos. Representaban su alegría más grande. Les hablaba de los comunistas, de la patria, de la religión, de la familia. Los miembros, ajenos por completo a todo, abrían sus bocas de pescado. Recordaba la última vez, poco antes de la visita de De Gaulle, en que había tratado el tema: “El comunismo como una irritante impudicia”. ¡Lo que no les contó!

—No se comporten como eternos imbéciles y como retrasados. En Rusia, a la que llaman “paraíso del obrerismo”, el obrero no tiene nada que sea suyo. Trabaja, pero trabaja no para el patrón, que puede apreciar su trabajo y darle un aumento, sino para alguien más al que no conoce, al que no ve, y al que no va a ver nunca, porque los que gobiernan allá no son como los nuestros que descienden a las aceras y se asoman a los balcones. Esos viven en una casa hecha de puros espejos; esos pueden ver a los demás desde atrás de los espejos, pero quienes hablan con ellos no pueden verlos. El obrero entrega su sangre por esos. El campesino no tiene ni un pedazo de tierra para sembrar unas cuantas cebollitas, su tomatito; no tiene ni una sola aceitunita para sacar de ella su aceitito. Todo lo obtienes con cupones. Como aquí durante la Ocupación. Ustedes no están enterados, porque entonces eran menores de edad. Pero el alemán le daba de comer al pueblo. Solamente que se metían por en medio los comunistas y se lo comían ellos. Por esta razón el pueblo reventaba de hambre. Así, pues, allá…, a ver tú que te estás durmiendo, cuando el líder habla tu deber es oírlo, para que se te forme un poquito de cerebro, y tú, Giangos, deja el vino en paz…

El difunto Gonos traía los medios litros y Giangos se los empinaba cual si fueran agüita. Era un holgazán Giangos, un vago, pero se entendían bien. Por esta razón lo había incluido en el escuadrón de la muerte de la organización.

—Así que allá, lo vuelvo a decir, está el infierno. Aquí esto puede convertirse en el paraíso si todos ayudamos. Aquí, si eres bueno en tu trabajo y te toca un buen patrón, ¿qué más quieres?

—No siempre es como lo dices, jefe —se atrevió a decir uno de los aprendices.

—A ver si te callas la boca. Léete primero unos cuantos libros y después hablas, bestia inculta. Lee Mi lucha, de Hitler. ¿Quién era Hitler? —preguntó dirigiéndose al conjunto.

—Ese que prometió salvar al mundo— contestó alguien desde el fondo de la taberna.

—Muy bien. Me alegro cuando se acuerdan de las cosas de las que les he hablado en otras ocasiones. Así, pues, Hitler era el que quería librarnos de los hebreos y de los comunistas. Hacerlos desaparecer de sobre la faz de la tierra. Y a los primeros consiguió exterminarlos. Tomen esta ciudad como ejemplo, a Neutrópolis, antes de la guerra eran mitad y mitad. ¿Cuántos hebreos hay ahora?

—El librero de la calle Tsimiskí.

—Di que uno, ¿los otros a dónde se fueron?, se convirtieron en jaboncito. Lo mismo hubiera pasado con los comunistas, pero no le dio tiempo. Durante aquel año la Tierra dio un giro brusco y los hielos derritieron la llama. Porque Hitler creía que la Tierra no es redonda, sino que está horadada por dentro, como una cantera. Nosotros vivimos en el fondo, somos la llama que arde y quiere llegar muy alto. En lo alto están los hielos. Así fue como dio el derrapón en las estepas de Rusia, que sorpresivamente se helaron y dentro de los hielos se les quedaron las piernas a sus soldados. Entonces llegaron los comunistas en sus trineos y los degollaron con las latas de las conservas. No los hicieron prisioneros, como debían, los degollaron solos, desasistidos, imposibilitados para moverse. Aquí donde me ven, yo conocí a los alemanes, combatí a su lado en contra de los comunistas que conspiraban contra la integridad de Grecia.

—¡Otra vez nos estás llenando de pura teoría, jefe! Yo necesito sacar un permiso de huevero —dijo un miembro extraordinario—. Llevo mucho tiempo esperándolo y lo único que haces es vendernos discursos. Me voy a salir de la organización. Me voy a meter en una corporación futbolística.

—Estoy al pendiente, estoy al pendiente —contestó el Liderosaurio.

—¿Y yo de dónde voy a sacar el dinero para liquidarle a Aristos? —suspiró Giangos—. Ah, sociedad tan hija de puta que nos paristes pobretones. ¡Gonos, aviéntame otro de a medio!

—Mi mujer está enferma y no le pueden reconocer la indigencia.

—Esbirros de poca monta —se enojó entonces el Liderosaurio—, yo estoy tratando de volverlos personas y ustedes no saben más que pedir. ¿Qué dan?

—Caña —contestó Giangos.

—Caña, eres el único. Los demás ni caña pueden dar, hazles “fu” y se van de espaldas.

—Es por l’hambre, patrón. Dracma a dracmita vamos juntando, como las yerbas, y las yerbas por lo menos sabemos donde crecen, pero, ¿y las dracmitas?

—Si llegamos a gobernar, ustedes van a vivir como reyes.

—Pero si ya estamos gobernando, ¿qué no?

—No lo estamos, por desgracia, no lo estamos en absoluto. Estos que gobiernan son los más vendidos de todos. Hitler la regó él también por la misma causa: no contaba con buenos colaboradores.

—¿Y qué voy a hacer yo con tantos huevos? Mis gallinas ponen todos los días. ¿No puedo poner un tenderete en alguna parte para venderlos baratos?

—Dentro de pocos días tendrán trabajo. Tenemos que desbaratar a unos, una concentración. Cargarán palos, piedras, garrotes y entrarán en acción. Después cada cual será recompensado según lo que ofrezca. Yo voy a estar ahí y los voy a estar observando muy de cerca.

Como en verdad ocurría esta noche. Veía a Giangos, su cabecilla, montado en su motocicleta, recorriendo temerariamente las calles. Además, cuando golpearon a Z en la cabeza, lo había recorrido una ola de placer.

—A los peces, antes de atraparlos hay que marealos —le comentó de nuevo al General, quien en esta ocasión fingió no escucharlo.

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