Apocalipsis zombi

Fragmento de la novela Apocalipsis zombi: la pesadilla está por comenzar (Ediciones B, 2017, 424 páginas). Arriba del Airbus A-340, el curso de las acciones seguía siendo raro a juicio de Luciana Scaramelli. Luego de acomodarse en su asiento 14-F y ajustar el cinturón a su escuálida cintura, miraba con inquietud por la ventanilla el cielo oscurecido del Distrito Mexicano.to Mexicano.

La lluvia que la había incomodado todo el día amainó, pero en ese ambiente húmedo las lámparas de luz casi ámbar ganaban un toque espectral, toda vez que sobre las pistas de aterrizaje no se visualizaba movimiento alguno.

Por el contrario, en el aire podía distinguirse una formación de aeronaves que sobrevolaban en fila una amplia zona de la terminal aérea, muy probablemente en espera de que la torre de control les diera el permiso para descender.

Lo que más extraño le resultaba a Luciana es que el controlador aéreo no hubiera desviado ya esos aviones a un aeropuerto alterno. Desconocía cuál era el más cercano al Distrito Mexicano, porque en rigor ésta era su primera visita a la ciudad. Pero, desde su perspectiva, debía existir una o varias opciones para una urbe tan colosal, con cerca de veinte millones de habitantes.

“¿Cuánto tiempo se puede mantener en sobrevuelo un grupo de aeronaves sin el riesgo de consumir el total de su combustible, o de que se acumulen tantas en la fila que puedan colisionar?”, se preguntaba la periodista.

Por otra parte, aunque ya todos los pasajeros del vuelo 1408 estaban en sus lugares y se había cerrado la puerta desde hacía más de media hora, durante la que Luciana bebió el cuarto y quinto vaso de café expreso de la tarde, no parecía que en realidad fueran a despegar.

Por eso, cuando miró en la pantalla de su iPhone que daban las diecinueve horas, se levantó entre enfurecida y desgastada para exigir hablar con el capitán Vicente Vicuña.

Las azafatas trataron de persuadirla para que regresara a su asiento, pues el ánimo de reclamo sin duda se propagaría a los demás pasajeros. Pero el intento de freno solo alentó más la extroversión de la reportera andina, complacida por actuar frente a una audiencia.

—Oiga, nadie impedirá que hable ahora mismo con el capitán, ah, y menos usted, señorita, con ese aliento alcohólico por el que seguro podría perder su plaza —exclamó Luciana a unos pasos de la cabina de pilotos.

La sobrecargo aludida, que ya odiaba a Luciana desde la sala de abordaje cuando le arrebató el micrófono, de nuevo sintió ganas de arruinarle con un arañazo el terso cutis a la joven. Pero se contuvo ante la posibilidad, en efecto, de quedar sin empleo. O de ser llevada a juicio como William Whip Whitaker, el personaje interpretado por Denzel Washington en Flight, por pilotar y accidentar el vuelo 227 de SouthJet en estado inconveniente.

Ella quizá no estaba tan alcoholizada, pues solo había bebido un poco de whisky para aligerar la crisis en la sala de abordar; sin embargo, sí había esnifado un par de líneas de cocaína en la intimidad de un sanitario, como siempre que servía en un vuelo de varias horas.

El capitán Vicente Vicuña Subercaseaux, gorra con múltiples insignias, gafas oscuras y un traje tan impecable como el que porta Leonardo DiCaprio en Catch Me If You Can, abrió la puerta de la cabina y disminuyó la tensión del momento.

—¿En qué puedo ayudarle, señorita? —dijo el piloto con voz calmada y suave; su rostro estaba minuciosamente afeitado.

—Mi nombre es Luciana Scaramelli. Soy periodista del diario El Guardián SCL y le pido de la mejor forma que me diga qué está pasando. Tenemos cerca de tres horas retrasados y la sobrecargo ebria que tiene en su avión solo nos da excusas. ¿Qué pasa, capitán?

El capitán Vicuña mira a través de sus gafas oscuras a la sobrecargo, valorando su semblante. No está dispuesto a reprenderla en público, sin duda por sus modales caballerosos, pero sobre todo porque detrás del hombro de Luciana se acumula ya un grupito de pasajeros que comienza a expresar sus quejas en voz alta.

La prioridad del piloto no es resolver las inconformidades de cada individuo, sino atender el verdadero problema que los mantiene en tierra. Por ello, considera preferible hablar con una persona, una suerte de representante, que con una turba.

—Señorita Roncagliolo: después hablaremos sobre su comportamiento profesional. Le pido en estos momentos que invite a nuestros pasajeros a regresar a sus lugares; ofrézcales otra ronda de bebidas o algún bocadillo de su apetencia, mientras yo hablo en privado con la periodista…

—Scaramelli. Luciana Scaramelli, capitán.

—Con la señorita Scaramelli. ¿Puede acompañarme a la cabina, Luciana? —invita el capitán Vicuña abriendo la puerta de la cabina de pilotos.

Con movimientos delicados pero precisos, el capitán Vicuña saca una silla plegable de un compartimento detrás de su sillón de mando giratorio. La ofrece a Luciana extendiendo la mano y ambos toman asiento.

En la imponente cabina de control, donde se acumula el aroma a maderas y lluvia en el bosque de la loción de Vicente Vicuña, se encuentra también otro hombre. Se trata del joven copiloto Federico Nieves, ensimismado en la lectura y anotación de múltiples datos que arrojan las pantallas del panel de instrumentos.

—Señorita Scaramelli, ¿cree usted en los zombis? —pregunta el capitán.

—¿Cómo dice? —reprende la periodista con un tono agresivo que deja claro que no está para bromas.

—Sé lo estúpido que debo parecerle con mi pregunta, pero no hay mucho tiempo para rodeos. Recibí reportes extraoficiales de que en el aeropuerto hay seres muertos que siguen moviéndose y atacando a los vivos.

Luciana Scaramelli suelta una carcajada estruendosa.

—Mentiría si le digo que sé cuáles son las dimensiones del problema —continúa Vicente Vicuña, como si no hubiera escuchado la risa de su interlocutora—. Y eso es porque hasta este momento nadie las conoce con exactitud. Pero puedo asegurarle que el ataque de esas bestias es lo que ha cancelado las operaciones de esta terminal aérea. Desconozco si es porque quieren aislar la crisis o porque no quieren que se agrave desde fuera.

—¿Del aeropuerto?

—Del país, señorita Scaramelli. Hay una emergencia nacional que no ha sido declarada, pero eventualmente así será. Perdimos comunicación con el extranjero, aunque lo último que supimos desde Santiago es que el aeropuerto estaba cerrado al tráfico por una crisis atípica y no podían recibirnos hasta nuevo aviso. Algo parecido nos dijeron en otros sitios de Sudamérica. Con Europa y Norteamérica ya no logramos comunicarnos; al parecer, las redes hacia el exterior están caídas. No sé qué esté ocurriendo en otras latitudes, pero no me parece descabellado pensar que algo no muy distinto a lo que sucede aquí y que nos tiene en grave peligro.

—¿Usted vio personalmente alguno de esos ataques, capitán?

—Un par de amigos del servicio de inteligencia del aeropuerto, gente de toda mi confianza, me filtró los reportes de ataque en diversas áreas de la terminal, para procurar que me pusiera a salvo. Supongo que me aprecian y he sido privilegiado al recibir la alerta roja.

—¿No puede tratarse de una broma de parte de sus amigos de inteligencia?

—Señorita Scaramelli, el tiempo se agota y debemos actuar. Es justo que no crea en los zombis; supongo que ellos la atacarán sin necesidad de creer en usted.

—¿Por qué me dice esto a mí?

—Usted quería conocer las razones del retraso de nuestro vuelo. Quería la verdad. Y, además, es periodista, quizá debería informarlo con urgencia a su medio de comunicación. ¿El Guardián, me dijo?

—Sí, El Guardián SCL. Y, si fuera el caso, trabajo también en medios electrónicos y tengo numerosos contactos; pero ¿de verdad me está pidiendo que informe sobre una invasión zombi, capitán? Por favor, seamos serios.

La mente de Luciana cuestiona la veracidad de lo que ha escuchado, por lo que se desconcierta por varios segundos, que el capitán Vicuña Subercaseaux aprovecha para ajustarse las gafas oscuras de gota montadas sobre un armazón de oro puro.

Se genera un silencio que es interrumpido por el tipeo del copiloto, que continúa abstraído, atendiendo diversas pantallas y hablando monosílabos o coordenadas por su micrófono de diadema.

—Muy bien, capitán. Dígame algo —dice Luciana pausadamente, como si paladeara la aplicación de un posible touché—: ¿para qué nos ha hecho abordar, si las operaciones del aeropuerto están detenidas? ¿Qué sentido debo encontrar a que nos tenga metidos en este avión, si no vamos a despegar?

La periodista mira sin parpadear el rostro del capitán, en espera de una reacción que delate puntos de su ficción zombi.

—Al ser alertado, he sido protegido. Y yo los hice abordar a ustedes para protegerlos. Ser el capitán del vuelo 1408 me hace responsable de la seguridad de todos los pasajeros —responde con firmeza el piloto. Sus facciones han ganado rigidez varonil—. Las autoridades del aeropuerto, me queda claro, no harán mucho por la gente. Por alguna razón, que no dudo que venga del Ministerio de Transportes y Comunicación, o directamente del gobierno de la Federación, han preferido no anunciar lo que ocurre y eso constituye un grave peligro. Quizás esperan tener las cosas bajo control antes de informarlo.

Mientras escucha a Vicente Vicuña, la reportera ha sacado su iPhone y digita en la pantalla con velocidad. Al parecer, el asunto sí es serio. La factura mensual de su plan completo de telefonía y datos es pagada puntualmente por el periódico, como parte de los gastos profesionales de sus empleados. Sin embargo, Luciana se da cuenta de que en este instante no tiene internet ni funciona el roaming internacional. Intenta comunicarse con su diario y con otros contactos que tiene en medios chilenos, pero no lo consigue.

Experimenta, entonces, un latigazo de pánico. Quisiera una bocanada de aire fresco, pero no lo dice. Prueba una llamada a su amigo Lautaro y comprueba que su teléfono está muerto aunque sigue encendido. “Como un zombi”, piensa con aire macabro.

—No se angustie —dice el capitán Vicuña, que parece ganar seguridad al percibir el nerviosismo interior de la periodista—. En este momento, quien solo sepa llorar, terminará mordiendo.

 

Alguien llama a la puerta de la cabina de pilotos. El capitán Vicuña abre y se encuentra con un joven que le apunta con su celular para grabarlo. Es Kevin Dosal, quien no puede ocultar el miedo en su rostro.

—¿Qué sucede, Kevin? —pregunta Luciana al incorporarse de la silla plegable.

—Me gustaría mostrarles algo —dice el alterado cineasta.

Deja de grabar. Busca entre los archivos de su teléfono y pone play a un video.

El copiloto, Federico Nieves, interrumpe la lectura de instrumentos.

—Creo que llegó el momento, capitán —dice mientras se levanta del asiento y se acerca para ver también el video.

— ¿ Qué momento? —pregunta Luciana, sin recibir respuesta.

En la pantalla del celular de Kevin se observa cómo tres figuras sombreadas se acercan a una cuarta y la derrumban en una calle de rodaje para morderla entre manoteos de la víctima. Parece que se la tragan en bocados, pero la escena no es muy detallada a causa de la oscuridad.

—Grabé a través de la ventanilla —explica el cineasta. Su voz se convierte en una suerte de comentario del director, como la que se incluye en los extras de una película en dvd o Blu‑ray—. Lo verdoso de la imagen es porque puse la visión nocturna para distinguir mejor lo que pasaba y así captar esa barbarie.

Por intervalos, el video cobra una claridad notable que documenta un festín carnívoro con acentos de sangre y terror que eriza el cabello de todos en la cabina de pilotos.

—La imagen se ve perfecta cuando es iluminada por las luces de los aviones que sobrevuelan el aeropuerto —continúa Kevin—. Luego vuelve la penumbra a la avenida, pero no es difícil imaginar lo que ocurre en ese verdor mientras alumbra el siguiente avión. Esta parte es escalofriante, miren.

Aun cuando gana claridad con la intermitencia lumínica, el video no tiene mucha resolución porque Kevin grabó con todo el zoom-in. Más allá de ese aspecto, por la calle de rodaje se observa correr a cuatro hombres con toletes que llegan para tratar de auxiliar a la primera víctima. Golpean con furia a los tres atacantes sin que los macanazos surtan efecto, y cuando el cansancio les dificulta seguir, también caen en las garras de esos seres que sin reparo los mordisquean.

La grabación termina cuando cuatro nuevas figuras que trastabillan al caminar por la calle de rodaje se unen poco a poco al ataque. La imagen se pixela incluso en algunos segundos, pero eso no impide que algunas vísceras y huesos al descubierto revuelvan el estómago de Luciana Scaramelli.

—En efecto, el momento ha llegado —se dirige el capitán Vicuña al copiloto Federico Nieves—. Llegó la hora de correr.

—¿Qué ocurre, capitán? ¿A qué se refiere? —pregunta la periodista con ganas de vomitar.

Kevin es quizás el más impactado con las imágenes. Está sorprendido de ver lo que él mismo grabó, ya que por la ventanilla del avión no captó los detalles que ahora se alojan en la memoria de su teléfono celular. Y aunque pueda borrarlos de ahí, de donde jamás desaparecerán será de su mente.

—Todo lo que hemos hablado, señorita Scaramelli, no ha sido una pérdida de tiempo como podría parecer —explica el piloto—. Por el contrario, lo hemos ganado. Necesitábamos una prueba para persuadir a los pasajeros de nuestro plan de escape. Así no se sentirán secuestrados. Ahora nos creerán y comprenderán lo urgente que es salir de aquí, ¿no cree?

—¿Pero de qué sirve, si no hay aeropuertos para ir y el avión ni siquiera tiene autorización de despegue?

—Llamémosle instinto de supervivencia, Luciana. Es probable que no tengamos a dónde ir, pero lo cierto es que si nos quedamos aquí todos moriremos. Cuando se está en peligro inminente se grita o se corre. Correremos.

—¿Correremos?

—En medio de esta crisis, Luciana, ¿quién necesita autorización para despegar? ¿Acaso se necesita permiso para salvar la vida? En el aire buscaremos opciones de comunicación y en Chile conozco pistas de aterrizaje en desuso las cuales podríamos utilizar.

—¿Quién ha decidido el plan? ¿Usted, de manera unilateral? ¿Sin considerar la voluntad de, no sé, más de trescientas cincuenta personas?

—Trescientos setenta y un viajeros a bordo, más la tripulación. Ocho sobrecargos, uno por cada cincuenta pasajeros o fracción como indica la ley; el capitán Vicuña y yo. Trescientas ochenta y un vidas en total —precisa Federico Nieves.

—Espero que no se complique demasiado la labor de convencimiento, Luciana. ¿Puede prestarme su celular, muchacho? —pregunta y ordena a la vez el capitán Vicuña. Kevin le entrega su teléfono y el piloto lo pone en manos de Federico—. Por fortuna, nuestro copiloto es un hacker. Va a cargar el video por Bluetooth a nuestro equipo y de ahí lo transmitiremos a todas las pantallas de la aeronave. Si usted gusta, joven, puede volver a explicar su grabación a través de este micrófono para que todos los pasajeros lo escuchen.

Vicente Vicuña Subercaseaux, piloto del vuelo 1408 de Annapurna Airlines, hace preguntas y sugerencias. Pero solo aparentemente. Son órdenes porque siempre está capitaneando.

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